lunes, 3 de octubre de 2011

LOS OJOS DE TANYA



Cuento esta historia sin la esperanza de que alguien me oiga, simplemente para calmar mi desesperación ante mi cercana muerte. Me llamo Vladimir Mijailovich Komarov,  cosmonauta de la Madre Rusia en la Soyuz 1. El año 1967 salí de la base secreta de Novoorsk con destino a la Luna, en un proyecto de mi país para reclamar la soberanía del satélite a favor de las URSS, asestando un duro golpe a la basura capitalista americana. Es algo para lo que me preparé concienzudamente el año anterior, y estaba plenamente mentalizado para engrandecer la gloria de mi Patria.

El lanzamiento fue bien, y pronto pude ver la Tierra como pocos la habían visto antes. Nuestro mundo no es más que un punto azul en la inmensidad del Cosmos. La nave tenía el rumbo muy controlado, y el contacto por radio con la Tierra funcionaba correctamente. Pero a mitad de camino algo empezó a fallar. Una tormenta solar de inusual fuerza afectó a las comunicaciones y al sistema de orientación de la Soyuz. Así, quedé apartado del rumbo adecuado, casi aislado de la Tierra por radio, aunque aún con combustible suficiente. Traté de hallar por mi cuenta los vectores de rumbo para volver a la Tierra a la desesperada, pero el sistema de navegación ofrecía datos erróneos en las coordenadas. Así, estaba solo en la inmensidad del espacio, flotando hacía no se sabe dónde y con la cápsula en serias dificultades. El viento solar me impulsó más allá de la Tierra, e incluso de la Luna, y sólo podía accionar los alerones para mover la nave en pequeñas maniobras del todo inútiles.
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El pánico me invadió. Nada te prepara de manera adecuada para vivir una situación así. Intenté arreglar el sistema de navegación, pero los daños en los circuitos eran demasiado grandes para repararlos. Pensé incluso en suicidarme, pero el instinto de supervivencia o la cobardía me impidieron hacerlo. Hubo un lapso de tiempo, no sé cuánto porque en mi angustia perdí la noción temporal, en que me quedé absorto mirando por el cristal delantero de la nave, viendo a mí alrededor las estrellas lejanas, y la gran masa oscura del Firmamento. Pensé que  aquel no era un mal lugar para morir, y lloré recordando mi Sebastopol natal, que ya no vería más, a mi madre y mi esposa Tanya. Ella había sido mi compañera casi toda mi vida, una amiga de la infancia que con los años se convirtió en los ojos y la sonrisa que me hacían levantarme y vivir feliz cada día. Nunca los vería más, aunque creí ver el dorado de su pelo en la luz solar que brillaba en la popa de la Soyuz, y el verde oscuro de sus ojos en….

De pronto, vi un gran asteroide que estaba describiendo una trayectoria que hacía inevitable el choque con la cápsula. Era un gran pedazo de roca, de unos 500 Km. de extensión, con un brillo verde como los ojos de mi Tanya en su superficie. Nada podía ir peor: si no moría de inanición por la deriva de mi nave, iba a morir pulverizado por el choque del asteroide. Algunos cálculos me sirvieron para localizar el número del asteroide: asteroide 9942, de la clase Atón. Es un simple número, que para mí era el número de la muerte. De mi muerte.

Enloquecí. Se me pasaron las ideas más absurdas por la cabeza: lanzarme hacia el asteroide para acortar mi agonía, intentar arreglar de una y mil formas la nave, acabar con todo precipitándome al vacío del infinito. Una de las ideas que se me ocurrió fue aterrizar en el asteroide. Era posible. Aunque la gran masa del 9942 se acercaba veloz hacía mí, calculé las maniobras que tenía que hacer para posarme sobre él, y después…después…no, era inútil, no merecía la pena. No la merecía, pero me atrajo el brillo verde de la superficie rocosa de aquella masa, ese verde que me hacía evocar los ojos de mi amada. Así que decidí averiguar qué era lo que daba esa tonalidad a la roca, y así podía morir pensando en esa bella profesora de Historia de mi querida Crimea, en esos veranos en el Mar Negro, donde los ojos de Tanya brillaban más que nunca.


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Así, empecé la maniobra a ciegas, ya que el sistema de navegación seguía sin dar indicaciones útiles a pesar de mis esfuerzos. Aquello era como querer subirse en un MiG en marcha. Orbité como pude sobre esa superficie verdosa, buscando un lugar llano donde hacer el aterrizaje forzoso. El relieve del asteroide era esencialmente plano, con excepción de algún cráter ocasionado por choques de otros meteoritos sobre su superficie. Así, pude posar la nave usando la escasa energía que quedaba y los alerones para equilibrarla. Aún así, el golpe fue fuerte, y el casco de la nave quedó dañado. Esa sin duda iba a ser el escenario donde todo acabaría para mí. Cuando todo se calmó, estuve escuchando el silencio en la nave durante unos minutos, luego me cercioré de los daños, que realmente eran irreparables. Me puse el traje preparado para mi paseo lunar, ese paseo por la Luna que ya no haría nunca, y abrí la puerta para pisar el asteroide 99942.

Recorrí la yerma superficie con pasos lentos, como si andara en la oscuridad. Pero no estaba oscuro, la roca verde iluminaba el suelo con un brillo fosforescente, como un tono parecido al del cobre, pero más luminoso. Todo estaba desierto, y sólo en la lejanía se veían formas que sobresalían en la llanura. Volví a la nave, y en ese momento sentí un seísmo colosal, y las formas que sobresalían a lo lejos volaron por los aires, y se formó un hongo atómico a unos 50 kilómetros de donde yo me encontraba, encerrado en la nave sin saber qué hacer. Pasó casi una hora, y la onda expansiva llegó a la zona donde estaba el Soyuz como un temblor que hizo que todo se agitara con violencia. Duró sólo unos segundos, y los daños en la nave parecieron no aumentar. Estuve casi una hora revisando la nave, y todo parecía igual. Las reservas de oxígeno eran suficientes para una semana….pero qué importaba, iba a morir allí.


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Cuando estaba comprobando el estado de la nave, me di cuenta de que la  luz a mi alrededor había cambiado. Me asomé a la cabina, y me quedé helado con lo que vi. El color de la piedra, ese color de los ojos de mi Tanya, había sido reemplazado por un rojo anaranjado. Todo parecía arder a mí alrededor. Si no fuera aterrador, habría sido un espectáculo sublime. Nunca había visto una piedra que cambiara su color de esa manera repentina, y sin una causa definida. Me puse el traje especial, y salí al exterior. Llamas de piedra lo llenaban todo. Aparentemente, la piedra era la misma, pero el color había cambiado de una forma extraña. Pensé que la radiación de la explosión nuclear habría cambiado alguna propiedad del mineral, pero pronto me percaté de un detalle que me había pasado inadvertido: el sol, que hasta ese momento había quedado a popa de la nave, estaba ahora justo en el extremo opuesto. Llegué a la conclusión de que otro meteorito había causado la gran explosión, y había hecho que la gran masa de roca sobre la que me encontraba cambiara su posición. Comprobé que según los rayos de la luz incidieran en la piedra de uno u otro ángulo, la piedra cambiaba de color. Al cambiar la posición del meteorito, la luz hizo cambiar el color de la piedra.

Realmente, esto no hizo cambiar mi situación. Seguía perdido en un planetoide ignoto, con nulas posibilidades de contactar con la Tierra, y con sólo una semana de comida y oxígeno. Pero sin el valor de acabar con mi vida por mi propia mano. Algo de esperanza resurgió porque conseguí que la nave arrancara el motor, pero no lo suficiente como para volver a casa. Simplemente podría recorrer distancias cortas volando bajo dentro de mi nuevo y temporal hogar.


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Pasaron tres días en los que viajé poco a poco a la zona más montañosa que había visto desde el lugar del accidente, muy cerca de dónde se había registrado la gran explosión que había cambiado el color y la posición del 99942. Todo el planeta tenía la misma piedra ahora anaranjada, y la superficie era monótona y absolutamente árida. Pero cuando llegué a la zona que yo creía montañosa en la lejanía, el estupor se apoderó de mí. Ante mí se habría una inmensa ciudad fantasma, con edificios semiderruidos de una antigüedad monstruosa. Recorrí sus calles, comprobando su arquitectura vetusta y con unas formas nunca vistas por el hombre. Esas ruinas debían tener millones de años, y estaban realizadas con la misma piedra ahora anaranjada, barro y lo que parecía un metal negro desconocido. El metal era muy pulido, y sobre él no parecía haber pasado el tiempo. Me asomé a una ventana circular hecha con este metal negro, y ahí vi reflejada la Luna. ¿La Luna? Según mis cálculos, había pasado la Luna en mi vagar perdido del Universo, y este meteorito estaba a miles de kilómetros del satélite terráqueo. ¿Cómo es que ahora podía verlo ante mí? Incluso, más allá, vi un punto azul que hizo que mis ojos derramaran lágrimas. Ahí estaba, hermosa como ninguna, la Tierra. No creí que la volvería a ver antes de morir, pero ahí estaba. Di gracias a Dios por ese regalo, y me senté a contemplarla durante varias horas, no sé cuantas y me dormí sobre la dura piedra.

Me despertó un ruido que salía de mi nave. Me levanté y fui apresuradamente y angustiado para descubrir de dónde venía ese sonido. El ruido de la estática de la radio lo llenaba todo, aunque no podía oír ninguna voz inteligible. Pero sólo ese sonido me devolvió la vitalidad, porque ya no estaba tan solo. Reorienté las antenas para intentar  contactar con la Tierra y así poder despedirme, ya que no había tiempo de rescatarme. Mis reservas de oxígeno y comida no alcanzaban apenas para dos días más, en los que podía explorar la ciudad y terminar este relato de mis últimos días.
Al despertar el penúltimo día, comprobé que el curso del meteorito me acercaba más a la Tierra. Conseguí contacto con la Tierra cuando apenas me quedaban 12 horas de oxígeno, tras horas de intentos infructuosos. La señal era muy confusa, pero la radio transmitió las siguientes palabras, que no pude devolver por el terror que recorrió mi cuerpo y mi alma:

“Soyuz 1, llamando….asteroide 99942. Komarov….chocar con Tierra…fin Humanidad….Apofis”.

El asteroide en el que me encontraba iba a chocar con la Tierra en horas. Por fin iba a volver a mi amada Sebastopol. Iba a morir cerca de mi bella Tanya, con el resto de la Humanidad.


Según algunos ciéntificos, el asteroide 99942, llamado “Apofis” por un dios infernal egipcio, podría chocar con la Tierra el año 2036 a 13 Km/s, causando un cataclismo comparable a la explosión de 100.000 bombas atómicas como las de Hiroshima y Nagasaki.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

fingbprUna forma de enfocar el tema ciertamente original, ya que en el tema de los náufragos todos pensamos en barcos, islas y demás parafernalia. Creo que es uno de los más poéticos y de los que, a pesar del inevitable final, te deja mejor cuerpo. Gratificante y hermoso.

Anónimo dijo...

qué ppder se puede tener para ver algo bueno, hermoso y hasta "abrigador" en los peores momentos...y qué poder el tuyo de crear, jugar con las palabras y las mentes aun. Estoy orgullosa de ti, mi gato. Me ha encantado.

Ana dijo...

Tremendamente emotivo, de una escritura perfecta que te lleva a tener mil emociones, pero tan triste y de una congoja extraordinaria, es un relato magnífico, muy wagneriano diria yo, absolutamente hermoso, que tendrías dentro de ti para plasmar esto.